Blanco en el recuerdo azul
Picasso y A Coruña

Vista de A Coruña 1891, A. Ferrant Fischermans. Museo de Belas Artes da Coruña
El adolescente Picasso preludia en el entonces marco costumbrista de su tierra de acogida, un modelo de realismo antiacadémico, que aunque toca, en ocasiones, iconografías de sabor etnográfico, rompe con la objetividad de estas desde su intuición lingüística con la interpretación gestual que hace de la realidad.
Y en A Coruña descubre, de la misma manera, su amor por los animales y su representación. Clíper, su perro coruñés, visto como un ser humano, sería la síntesis del amor, que se prolongó toda su vida, pero también encontramos representaciones de caballos en las que, seguramente, tuvo que ver su maestro Román Navarro, con querencia pictórica por el equino. Lo mismo sucede con la afición taurina y su pasión por las palomas. Afición y pasión nacidas en los años infantiles de Málaga, pero reforzadas en A Coruña, ciudad en la que empieza a elevar al toro y al torero a una condición casi mitológica.
Y en su recordada ciudad, a la que siempre deseó volver, como le decía a su amigo villalbés Antonio D. Olano, y ya nunca volvería, nació el artista versátil e inquieto, el individuo que sintió curiosidad por todo y que quiso aprender todas las técnicas, el apropiacionista que tratará de dotar de identidad a las imágenes que produjeron los otros. De allí saldrá con pleno dominio de las técnicas de representación: carbón, lápiz, pluma, acuarela, óleo… y nos soportes más imprevisibles, desde el papel de un bloc a la hoja de un libro de texto, desde la tapa de una caja de puros a un
lienzo, desde una tablita encontrada en los desperdicios a la piel de una pandereta, desde un plato a un abanico o una paleta…
Palau i Fabre —que hablaba, en parte, por boca del propio artista— reconocía que, durante el último año de su estancia en tierras gallegas, Picasso se reconoció hombre y se reconoció pintor.